EL PARTO


  
Una vez me contaron que un amante, alejándose de la dama a la que idolatraba, se tropezó con su conciencia y ésta, al verlo mirar atrás continuamente, le preguntó:
-¿Qué es lo que has dejado?
El amante, sin dejar de mirar atrás, respondió:
-Mi corazón.
En realidad, no sé por qué motivo recuerdo esto ahora. Verán, yo soy amigo de la afectada, Marisa. Todo empezó aquella mañana de Diciembre. Aún quedaban algunos días para que los desastres navideños trastocaran estómagos, bolsillos y lacrimales, pero ya se olía el tufillo a nostalgia en el aire y se oían lejanos villancicos, alimentando ilusiones consumistas y derroches alimenticios. Íbamos ella y yo, Ernesto, su marido, y la madre de él, suegra de ella. Nos animamos a llevarla de compras porque se encontraba algo desanimada. La noche anterior se le había hecho un poco cuesta arriba, el embarazo ya no le permitía dormir de ninguna forma, cualquier postura resultaba incómoda, cualquier ayuda era inútil. Insensible a las obligaciones protocolarias propias de un mundo plagado de saludos innecesarios y disimulados gestos callejeros, sudorosa y perturbada por las incomodidades de cada paso, cargando con ocho meses y medio de panza embarazadísima que le hacía moverse como un tentetieso, a izquierda y derecha, de igual manera que si fuera a explotar, ahíta de sol y de brisas, de prisas y calmas, había veces en que Marisa era incapaz de sonreír, exhibiendo una mueca de fastidio casi constante. Éramos amigos desde el instituto. Nos conocimos antes de que Ernesto y ella se hicieran novios, por eso quería que supiera que contaba conmigo en estos trascendentales momentos. En realidad, desde la adolescencia, yo había estado enamorado de mi amiga Marisa, sólo que me veía incapaz de decírselo abiertamente… ella hablaba por los dos, conociendo mi secreto como si se lo hubiese dicho a voces, en una noche de borrachera en la que mandé a paseo mi timidez, mi vergüenza y mi escasa confianza en mis propias posibilidades. Ella me dijo una vez:
-Yo sé que te gusto. No necesito que digas nada, porque sé que no sabes qué decir… pero sé que te gusto, así que relájate, déjate llevar y no pienses demasiado. Y yo, parado allí, pensaba que, verdaderamente, no sabía qué decirle. Quizá que sus ojos de un azul profundo me llegaban al alma y me la rompen cuando descubro en ellos esa pequeña ventana clara hacia palmeras y mares de cristal. Quizá que sus labios eran como grandes fresas tiernas que casi da miedo besar. Quizá que su melena rubia era como el plumaje de un ave salvaje, un provocador tocado tribal que le daba a su cabeza la arrogancia de un león erguido. Quizás que cuando le veía el cuerpo entero me subía la adrenalina hasta dejarme ciego primero para precipitarme después en una espiral de vértigo. Quizá que me parecía la obra más impresionante de la naturaleza. No había más que verla, no hacía falta que hablara… pero yo no dije nada, haciendo caso a sus indicaciones.
No sabía que decirle. Quizás era una fuerza sobrehumana, que me cogía por sorpresa y me convulsionaba el cuerpo entero, de los pies a la cabeza. Quizás, la fuerza de la gravedad, las fuerzas electromagnéticas, la energía de las estrellas, el empuje de las mareas, la rabia de los volcanes, los terremotos y los huracanes. Quizás es que yo estaba predispuesto a que me pasara aquello, porque en el fondo tampoco le presentaba secretos… por eso sabía de mis sentimientos sin que yo dijese nada. No sabía qué decirle. Porque ya se lo había dicho todo sin decir nada. Porque ella siempre sería la misma y renacería y se reencarnaría y se aprovecharía de mí porque sabía que tenía la única llave que abría mis puertas. Porque, si ella lo quisiera, si se cruzara en mi camino, ahora, antes o cuando fuera, me invadiría a lo bestia y de golpe, sin pedir permiso y arrasando todo lo que encontrara. En un instante me llevaría a su terreno y me envenenaría.
Es cierto. Yo la quería. Podría haberme cambiado de nombre y romperme los esquemas… daba igual. Mis sentimientos eran sencillos y claros.
La cuestión es que nunca dije nada… y sólo fuimos amigos. Así es que, esa mañana nos fuimos de compras. Paseábamos haciendo comentarios sobre el embarazo, confeccionando chistes inapropiados… hasta que Marisa se detuvo y sonrió.
-¿Qué pasa?
Preguntamos todos a un mismo tiempo. Ella acentuó la sonrisa.
-Creo que es la hora-, dijo-. Tengo contracciones.
Y nos entró el pánico. Ernesto y yo nos lanzamos prácticamente sobre ella, como si nuestra ayuda física pudiera servir de algo. La suegra, tan solícita como inútil, propuso llamar a una ambulancia. Los tres mirábamos a un lado y otro como si alguien nos sirviese de ayuda, a pesar de que no sabíamos qué alegar para justificar nuestro espanto. Y Marisa, muy seria, nos empujaba, nerviosa, diciendo…
-Pero quitaros de en medio, jolín, dejadme respirar, leches, que no me estoy muriendo.
Ernesto salió corriendo hacia el coche y nos pidió que esperásemos. La suegra llamó al suegro por teléfono para decirle que había llegado el momento. Marisa hizo lo propio y telefoneó a sus padres, hermanos, tíos y una vecina muy plasta que estaba interesada especialmente en que llegara el día importante.
Ella, ya en el coche, nos llamaba a la calma. Y, al oírnos tartamudear insensateces nos replicaba, con una serenidad casi ensayada:
-Argumentar necedades continuamente es síntoma claro de padecer un elevado síndrome de estupidez catatónico, unido a una ineptitud adquirida y a una majadería genética, debido a una prolongada exposición al sol, un mínimo desarrollo del lenguaje y un pobre progreso o desviación de la propia sexualidad.
Todos caímos en un prolongado silencio, sin llegar a entender si la redicha Marisa nos daba caña por placer o bajo los influjos del parto que se avecinaba. El caso es que Ernesto volaba al volante, muy en contra de lo que se precisaba, la suegra relataba por el camino sus sucesivos partos, como si recopilara experiencias propias y nadie más en el planeta hubiera traído niños al mundo y, aunque no mencionó que tuviera matrícula cum laude en la materia, sí que se asemejaba su disertación a un relato académico con toda suerte de detalles que causaban la desesperación de cuantos ocupábamos el vehículo.
Una vez en el hospital y, justo al salir del coche, no sin esfuerzos (ya que el centro de gravedad de una embarazada suele estar gravemente situado en lugares irreconocibles), Marisa, en un gesto de asombro y alarma exclamó:
-Dios…
-¿Qué pasa?
Preguntamos todos.
-Creo que he roto aguas…
Y el marido, Ernesto, con evidente preocupación, inquirió:
-¿Y qué hacemos ahora, jo? ¿Se puede recomponer el agua esa o está rota del todo?
Marisa, comenzó a respirar entrecortadamente, de manera ensayada, mientras imprecaba a su marido por el comentario absurdo. Él, en un intento de calmar a su mujer, volvió a preguntarle si le faltaba el aire y su madre, suegra de ella e inminente abuela paterna, le propinó un sonoro golpe en la cabeza con la palma de la mano abierta antes de replicar:
-¡O dejas de decir estupideces o esta mujer va a parir aquí mismo, leches!
Todo ocurrió de un golpe. Al acceder en la sala de urgencias, una chica mascaba chicle junto a un ordenador.
-Estamos de parto.
Le expliqué a la chica.
-Nombre y número de seguridad social, por favor…
Dijo la muchacha, sin dejar de mascullar goma al tiempo que se le ensalivaba la comisura de la boca. Resulta increíble la habilidad con que lo hacía. Con bastante parsimonia, se llevaron a Marisa mientras nosotros nos aclarábamos con los datos a adjuntar a la chica del chicle sobresaliente que, en cada palabra pronunciada, parecía amenazar con espantarte el chicle en la cara, lo cual provocaba que todos estuviéramos esquivando continuamente los hipotéticos ataques de la ensalivadora de “chuches”.
Tras el ingreso, comenzaron a llegar familiares al lugar en el que se producía el evento, como si de una tragedia se tratara, como si se fueran de velatorio… pero quien no vive a tiempo, ¿cómo va a morir tiempo? Nacer jamás es uno de los deseos de los superfluos, supongo. Suegros, padres, primos, tíos, yernos, nueras, cuñados y alguna vecina hambrienta de noticias fueron salpicándose en aquella triste sala de espera. Cigarrillos humeantes en la escalera, esperando noticias alentadoras. Comentarios jocosos y otros inquietantes… “dicen que la muerte se pasea siempre en las salas de parto… pero se somete al ver irrumpir a la vida”… es curioso la de cosas que sabe una señora mayor. Albergan historias como si fueran enseres de toda una vida y adaptan refranes y citas populares a cualquier situación, con esa sonrisa cómplice, como si supieran lo mismo que saben los demás, pero antes de que los demás lo sepan, claro. Para colmo, siempre hay alguien con dotes de bruja… “sí, yo echo las cartas del tarot… tengo gracia, vamos… a ti te puedo decir que el año que viene tendrás un niño, y que te va a ir muy bien en el trabajo, y que encontrarás el amor muy pronto…” y esto se lo dicen a un tipo operado de vasectomía, jubilado por accidente laboral y recién casado en segundas nupcias… un desastre, vaya.
Ernesto se comía las uñas, apoyado en el quicio de una puerta, con la mirada perdida… esperando, ¿esperando qué?... no sé… esperando algo, una llamada, un aviso, como en una tarde de toros. Cada vez menos uñas tenía, pero insistía, el puñetero, encabezonado en mordisquearse hasta los muñones de los codos, a mí me parecía que Ernesto podría haberse muerto en aquel preciso instante y no se hubiera enterado. Quien se realiza por completo muere victorioso, rodeado de personas que esperan y prometen. Eso dicen. Así habría que aprender a morir. La muerte que predican los que mueren en solitario, sin aspavientos, aquella que nos llega porque así lo queremos. Quizá es que Ernesto se notaba glorificado, atragantado en sus propias uñas. Y quien aspira a la gloria debe despedirse a tiempo de los honores, y ofrecer el arte difícil de marcharse a tiempo. En algunos envejece antes el corazón y en otros el espíritu. Algunos son ya viejos en su juventud, pero quien tarde en ser joven, ese es joven durante largo tiempo… y no se come las uñas… o quizá sí.
En esto estaba cuando salió una enfermera de las enormes puertas basculantes que conducían a paritorios. Llamó a Ernesto argumentando que su mujer le solicitaba. El marido tropezó consigo mismo por la impresión, al iniciar una carrera alocada hacia la enfermera, que se apartó ante su llegada, temerosa de que aquel tipo hubiera perdido la visión y la atropellara sin contemplaciones. Una vez dentro, se colocó un pijama verde, muy mono, y unos patucos igualmente verdes, a juego. Parecía un proyecto de doctor de urgencias. Una pena de persona, un desquiciado empeñado en ejercer para una misión sin entrenamiento previo, sin libro de instrucciones ni cursillo de reciclaje propio para la ocasión. Pensé que le quedaba mucho por pasar, supongo que como a todos, claro. Lo más importante que aprendes de tus mayores es bien simple y penoso: a no ser como ellos. Los admiras en la niñez, los amas en el paso a la adolescencia, y en el transcurso de esta comienzas a no entenderlos… menuda parafernalia… yo rezo por no conocer la amarga derrota de convertirme en padre de nadie… digo yo que eso de ejercer de papá será muy cansado. Una vez junto a Marisa, en la sala de dilatación, Ernesto le cogió de la mano…
-Estoy aquí, mi vida.
Dijo, en plan cariñoso.
-Tráete a mi padre.
Dijo ella.
-¿Cómo?
Preguntó él.
-¡¡No discutas!!-, gritó ella-, quiero a papá aquí también.
Marisa se retorcía, con esa enorme protuberancia bajo el pecho, ataviada con una especie de toga, invisible casi, que se le abría en la espalda… no sirviendo para nada. Rodeada de monitores, con un cinturón que le tomaba datos de flujo sanguíneo y latiditos, dando palmadas al aire, en trance doloroso, como si buscara algo con lo que cogerse y degollarlo, así que Ernesto salió de la estancia en busca de la enfermera que le llamó anteriormente. La encontró sentada fuera, mirando al vacío, como hipnotizada. Ernesto le expresó los deseos de su mujer y ella le indicó que era del todo imposible hacer entrar a otra persona sin haber rellenado los formularios necesarios, además de contravenir las normas el que hubiera dos acompañantes con la parturienta. El marido retornó junto a Marisa y le relató lo sucedido…
-¡¡O me traes a mi padre o vas a parir tú, capullo!!
Replicó ella con furia, aún retorcida, aún dolorida, aún jodidísima… Ernesto volvió a salir, acuciado por los aullidos de lo que anteriormente había sido su mujer que ahora abandonaba en la sala de dilatación. Le repitió lo mismo a una partera que pasaba, junto con dos fontaneros por allí, como si aquello fuera la casa de Pedrito, vaya, y la partera, advirtiendo el estado de shock que dominaba al maridito, negándose a hacerle entrar en razón a él o a la que adivinaba como su esposa emitiendo chillidos agudísimos tras las puertas de dilatación, acabó por permitir que la anomalía tuviera lugar. Vimos salir a Ernesto, presa de la prisa y el pánico, en busca de su suegro, tropezando una vez más consigo mismo, enredado en un patuco… a saber dónde había ido a parar el otro. El suegro, al oír al yerno, se negó en redondo, dijo que la sangre le impresionaba mucho y que ya estaba mareado por el olor inconfundible del hospital, así que Ernesto, aún a la carrera, como si se fuera a orinar de un momento a otro, contoneándose en un baile irreal, volvió sobre sus pasos hacia dilatación, una vez más.
-Vale, si no viene mi padre… llama a mi amigo…
Dijo ella. Me imagino la expresión de Ernesto. Se sabe que el celoso es, por naturaleza, egoísta. El celoso es tan hipócrita que tan sólo considera importantes a sus propios celos. El celoso es un solitario que merece compasión, y quizá un punto de admiración por haber conseguido soportarse a sí mismo. Y Ernesto no llegaba a entender (como celoso potencialmente peligroso) por qué su mujer me necesitaba a mí allí… ya estaba él. Lo del padre podía pasar… el que entrara yo no… eso sí que no.
-O le traes o no abro las piernas.
Amenazó ella. Y allá que volvió Ernesto en busca de la enfermera hipnotizada. Le contó el problema a la sorda que, inánime otra vez, le explicó que las normas del hospital y tararí tarará. De nuevo la parturienta, otra vez el shock y los alaridos y el sí, vale, venga… que pase.
Cuando Ernesto, sibilante y entre dientes me dijo que debía entrar junto a él y su mujer (mi amiga) si quería que naciera el bebé, quise hacerme rogar. Le expliqué que a mí no me gustan los niños, que tienen la horrible manía de trastocarlo todo y de no estarse nunca quietos. Él insistió y yo le conté que tampoco me gustan las mujeres preñadas, ni los hospitales… ni el jodido pijama verde que se le estaba desparramando a él, dejando entreverle el final de la espalda en una exhibición penosísima. Ernesto apretó los dientes, me miró con dureza y no discutí más. Me agarró del brazo y me llevó casi a remolque hacia las enormes puertas batientes, para ponerme el pijama verde correspondiente y el par de horribles patucos que ya brillaban por su ausencia en los pies del marido.
Una vez dentro, la visión me resultó algo patética… dantesca incluso. Dos tipos ataviados con monos de trabajo desmontaban un diferencial eléctrico mientras no quitaban ojo a la parturienta, que se retorcía como si se fuera a desarmar. Aquella fiera fue una vez mi amiga, esa chica a la que amaba, a la que deseé desde mis años de mocedad, por la que cambié muchas cosas en mí y por la que hubiera cambiado muchas más si ella lo hubiera propuesto… ahora era, no sé, otra cosa. Las transformaciones del parto, me dije. Se había metamorfoseado en la niña de “El exorcista” con un sobrepeso brutal, pensé… pero se le pasará… llamaremos a un cura, me propuse. Marisa se nos cogió de las manos. Con una a su marido y con otra a mí… y apretaba… mucho, sí… es tremenda la fuerza que puede desarrollar una mujer acorralada por las circunstancias, sí señor.
Mientras tanto, la familia se quedaba fuera, en alegre reunión. Como si fuera Navidad ya y faltara ponerse hasta las trancas de comida y bebida. Departiendo sobre lo dura que es la vida, que pega donde más duele… y cada vez duele más, a pesar del transcurso de los años.
En poco tiempo, pasó un ginecólogo acompañado de un grupo de estudiantes, mostrándoles los milagros de un parto. Y allí estábamos. Ernesto y yo con las manos hechas puré por Marisa, que continuaba luchando con su posesión demoníaca (ahora más que nunca, por sus gritos acongojados “¡¡¡sacádmelo, sacádmelo!!!”) y un nutrido grupito de estudiantes tomando notas de su clase… como en una exhibición de un canal de documentales. Qué disparate. En su perorata, el ginecólogo se quedó observando entre las piernas de Marisa, como si alguien le mirara desde allí… y así debió ser porque, inmediatamente, ordenó que nos trasladásemos al paritorio… al potro… al final de la tortura. Incorporamos a Marisa y le ayudamos a caminar… o a lo que fuera que iba haciendo ella, deslizándose sobre el suelo, con el culo fuera y las piernas medio desmembradas, en un hilillo de voz. Tumbada sobre ese horrible artilugio que le mantenía las piernas separadas para permitir al visitante una llegada desde los confines de la oscuridad, ella no dejó de martirizarnos las manos al marido y a mí. Ernesto le susurraba cositas al oído, y yo al otro… era materialmente imposible que ella lograra entender o atender a ninguno de los dos pero ni Ernesto, ni ella, ni yo protestábamos por ello. Marisa, obediente, empujaba como si sufriera un estreñimiento acelerado a cada orden de la parturienta que se pegó incontables minutos diciendo aquello de “ya está aquí… ya está aquí” que nunca es verdad. Y, a cada empujón, Ernesto contraía el gesto, como si imitara a su amada, con el consiguiente riesgo de que se lo hiciera encima realmente con lo que acabaríamos sufriendo un parto y una solemne cagada en directo rigurosísimo.
Más tarde pude saber que Ernesto no podía llorar… que Marisa le solicitó a su marido que no se le ocurriera llorar durante o después del parto, que esas mariconadas no las soportaba. Y él sabía que no podía llorar aquel día… ella le obligó a prometerlo… y, por eso, Ernesto tenía asimilado que no podía llorar… por esa razón, cuando los ojos se le empañaron al ver al bebé por el esfuerzo de una aglomeración de sentimientos y cansancios acumulados, dijo que no eran lágrimas… sino pucheritos. Justo en ese momento, en la sala de espera, la familia ya se había arrancado por soleares, contaban chistes y reían pensando en que pronto habría que encargar la comida, dispuestos a montar guardia hasta cuando fuera necesario allí fuera, apuntándose a la fiesta sin problemas.
Justo en ese momento, sí… porque el milagro se produjo… un nacimiento es un poema con un único verso, es un alborear de primavera, es un nuevo susurro del viento que nos trae el disimulado brote de la esperanza… otra vez. Ernesto tuvo sus pucheritos… y yo también, lo reconozco. Con las manos estrujadas por la madre, que se quedó desplomada, como dormida, agotadísima tras las carreras de la vida, contemplamos la simpleza con que nuestra existencia comienza, sin precisar más que el afecto de unas manos amables. El niño nos miraba, absorto, sin llorar… emitiendo bufiditos, mostrando unas muecas parecidas a una sonrisa, pasando de los brazos de una enfermera a otra, pesándolo y lavándolo hasta acabar en brazos del padre primero y de la madre después. Yo me confesé incapaz, pero Marisa se empeñó en que cogiera al pequeño en mis brazos… así que lo hice.
Más tarde, transcurridos los gritos de alegría de la familia, las lágrimas de satisfacción y los suspiros de alivio, observábamos al recién nacido, toda la familia reunida, entre comentarios insulsos. La madre dijo que el bebé era clavadito a la abuela Angustias, Ernesto decía que la barbilla era como la suya, la vecina, más imparcial, argumentaba que tenía más aire a la madre… pero, en un momento en que se hizo el silencio general, todos miramos al chiquillo y, seguidamente, como movidos por un mismo resorte, todos giraron la cabeza para mirarme a mí… y el padre de la recién parida me dijo: -Es curioso, ¿eh?... yo diría que el niño es calcado a ti.
Y sentí aflorarme en las mejillas los acarminados coloretes del espanto cuando vi a Marisa sonreírme, como orgullosa. Recordé a alguien que me dijo una vez que en el amor siempre hay un vencedor y un vencido, un fuerte y un débil por antonomasia, que se deja vencer. Luego intenté recordar dónde estaba yo hacía ocho meses y medio… y dónde estaba Marisa… y recordé aquella fiesta de cumpleaños en la que bebimos algo de más y… no sé… no creo… quizá… jo…   

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