PROLOGO
De Luis he aprendido que, entre montañas de arena, mecidas por la quietud de los pinos más salvajes, pueden volver a florecer las clavellinas. He aprendido otras cosas, pero casi siento vergüenza de expresarlas ahora, sin más, como si estropeara un secreto guardado durante tantos años, como si dejara de tener importancia ahora, que ya no quedan más barreras que las naturales. Quizá son las únicas que debieran existir, las barreras naturales… porque todas las demás son autoimpuestas, no son reales, no son insalvables. Luis dice a menudo que el zafiro de Neptuno siempre acaba por dormir a la tempestad, llevando quietud a las playas, acariciando con un beso las orillas. Luis siempre usa comparaciones hermosas para hacerle comprender a uno ciertas cosas incomprensibles.
Le conocí por casualidad. Fue un lunes tormentoso, de esos que llegan cuando al invierno le queda poco por agonizar, apremiado por una primavera acuciante, que no perdona, como ocurre con todas las cosas naturales. La naturaleza es implacable, ya se sabe, y nos toma como rehenes cada año, para sacrificarnos a su antojo. Siempre es así, invariablemente… por eso, según he podido saber muy recientemente, no existe el mañana. La oportunidad que no aprovechamos ayer no volverá mañana… ni mucho menos hoy mismo… la oportunidad perdida es de esas cosas que no regresan, que no vuelven jamás… como la flecha lanzada o la palabra empeñada…
Aquella mañana, mientras Eolo procuraba alejar, en un soplo, la tormenta, trayendo consigo las intensidades de azules celestiales y acercando un poquito la ciudad a Dios, llegué a casa de Luis. Llevaba las llaves de su casa, que me habían dado en la oficina. Como asistente social, debía ir preparado, atender a un anciano suele ser previsible, siempre tienen mal humor, o malos modos, o la cabeza perdida. Llegué a la casa algo cansado por el viaje en bicicleta. No creía que estaría tan lejos. La casa era hermosa. Yo antes no sabía apreciar la hermosura, supongo. Yo era un chico alegre, en el sentido más tonto de la palabra, es decir, que no le daba mucha importancia a casi nada. Vivía el momento, sin preocuparme demasiado por lo que ocurriera al día siguiente. Pretendía sacar un dinerillo con aquel trabajo, sin embargo, no buscaba quedarme, la verdad. No sentía vocación. Sólo quería terminar mis estudios, tan pronto como me atreviera a recuperar mi vida, y ejercer la medicina… algún día… por el momento, sólo era enfermero… no… era asistente social. Es distinto.
Pronto, los valles reverdecerían, tras el paso majestuoso de Flora y las montañas llorarían por su vertiente las últimas nevadas, y yo estaba allí, ante un hermoso y floreado jardín, como si llamara a la primavera, antes de tiempo, engalanado con sus mejores ropajes y colores, en una calurosa bienvenida. El jardín estaba bien organizado, por grupos de flores. Camelias y margaritas, claveles y azaleas en las zonas más húmedas, un hermoso rosal, cercano a la verja de entrada, con sus desafiantes espinas, a modo de garras, como guardando la casa. Jazmín a punto de estallar en un naranjo cercano, lirios junto a la lejana puerta y, a sus pies, arrodillado, como en una plegaria, explorando entre la tierra, estaba Luis, un anciano, obviamente, de complexión fuerte, aparentemente. Un hombre de cierta envergadura, casi atlético, diría yo. Pensé, por un momento, que en el caso de ser agresivo, aquél hombre me llevaría arrastrando varios metros antes de darme cuenta de ello. Llevaba unas zapatillas pulcras que arrastraba penosamente por la tierra. Los pantalones beige, un poco remangados, cosa que no llegaba a comprender, y una camisa en tonos pardos, no sé si manchada de tierra o no. La casa era imponente vista desde fuera. Tras la verja, que abrí sin hacer ruido, una serpenteante vereda llevaba hasta la puerta de la vivienda, que se adivinaba tan grande como el resto, y a la derecha del dintel, arrodillado ante los lirios, aquél hombre alzó el rostro para mirarme, con una mueca, clavándome aquellos ojos que escudriñaban, como analizando, interpretando, estudiando… la tormenta, en efecto, pareció alejarse. El sol amenazaba con imperar en lo más alto, dando vida al mar y a la tierra. Caminé lentamente hasta el anciano, tras dejar la bicicleta fuera.
-Buenas tardes –dije. Él volvió a lo suyo, ignorándome. Me detuve a su altura y me agaché -. En su casa todo es vida y colores, ¿verdad? –él volvió a alzar el rostro hasta ensartarme con la mirada de quien ha visto y vivido, de quien ha oído miles de comentarios sin gracia sobre su jardín, como el mío.
-Pronto despertará el mundo otra vez –dijo-. Ocurre siempre que llega la primavera. ¿Eres el chico nuevo?... ¿el que viene a cuidarme?
-Pues me temo que sí –contesté.
-No –replicó él -, tú lo sabes a ciencia cierta… yo soy quien se lo teme –me quedé en silencio, sin capacidad de reacción, en principio-. No te molestes –añadió-, es que no soporto a quienes no hablan correctamente. Hablar con propiedad debería ser una asignatura en las escuelas, ¿no crees? –preguntó.
-Supongo que sí –respondí. Él soltó una tenue carcajada.
-¿Lo ves? Yo expreso una opinión ante la cual tú, en lugar de confesar la tuya, admites que sólo lo supones… lo cual significa que ni siquiera tienes opinión… eso debería avergonzarte, ¿no? –volvió a reír, victorioso, o disfrutando de la ironía. Yo chasqueé los labios… me esperaba algo más sencillo, a un anciano colérico… pero aquél tipo era culto, y eso resultaba más difícil, porque se esforzaría en hacerme quedar mal continuamente, estaba seguro de eso.
-¿Qué hace ahí, no ve que podría hacerse daño? ¿No hay nadie que se ocupe de esto? –pregunté. Él, sin mirarme esta vez, respondió:
-No permitas que otro toque tu jardín, muchacho, o correrás el riesgo de que ese otro acabe regando lo que es tuyo –se puso en pie, dificultosamente y, sacudiéndose las manos, añadió-: ¿Nunca te lo han dicho? Hay asuntos, y seres a los que uno quiere, que necesitan que nos arrodillemos por ellos, que nos demos por entero… si yo no hubiese hecho este pequeño sacrificio, los lirios hubiesen sufrido las consecuencias, son tan débiles… y deberás aprender a admitir más las debilidades de quien amas antes que sus grandezas. Si te dejas deslumbrar por las virtudes, te perderás lo que de verdad te enamorará: los errores, las debilidades… todo eso que te grita pidiendo ayuda, que te exige cuidado y entrega… el amor es eso, chico: entrega. Todo lo demás es machacón y sin sentido, como esa música que oís ahora.
-Gracias, señor –dije.
-No las des si no lo sientes así –replicó él-. ¿Cómo te llamas?
-Antonio, señor.
-No me llames señor, te lo ruego, eso me sitúa un par de escalones por encima de ti y me incomoda… me conformo con los escalones que la vida y la experiencia me otorga… no necesito tu tratamiento de asistente de ancianos enfermos, por favor…
Soy consciente de que hice un giro de ojos, al tiempo que soltaba un improperio, por lo fastidioso que me estaba resultando. Él pareció agacharse un poco, buscando mi mirada, en una mueca de dolor al flexionar las rodillas, ya que era mucho más alto que yo.
-No sufras, chaval. De la misma forma que pronto quedará lejos la fría escarcha invernal y su triste caliginosidad, lejos quedará el pasado… como este momento de incertidumbre e incomodidad que ahora sientes… pronto lo arrastrará el deshielo. Pasa siempre, hijo… pasa siempre… pero si somos capaces de aguantar el tirón, los árboles volverán a vestir sus desnudos brazos y el tapiz de los campos volverá a ser blanco y esmeralda… el mundo es cíclico, muchacho… repite un evento una y otra vez, convencido de que es la mejor manera de apelar a nuestra memoria… y ya ves… aún así, lo acabamos olvidando todo… -hizo una breve pausa. Se pasó una mano por la frente y añadió-: ¿Qué tal si entramos? Tengo limonada… o algo así… si es que mi viejo cerebro enfermo no ha confundido las bebidas todavía…
Se giró, abrió la puerta, y entró. Yo me quedé un momento allí, mirando de izquierda a derecha, y luego le seguí. Una vez dentro, le vi sentado en una mecedora de madera labrada, casi majestuosa, al pie de un salón sin televisor, con las paredes tapadas por estantes y estantes con miles de libros.
-¡Vaya!... tiene muchos libros, ¿eh? –dije.
-Más que años, creo… nunca se sabe –respondió. Procuré sonreír, al parecer, me aguardaba una respuesta impertinente tras cada pregunta, así que debía ser paciente.
-¿Y esa limonada? –pregunté, otra vez. Él sonrió, negando con la cabeza.
-No esperarás que te la sirva, ¿verdad? El anciano soy yo. Y estoy enfermo, ¿no te lo dijeron? Tengo alzheimer, y el cáncer me devora el pulmón. Si no fuera por mi jardín ya estaría muerto… pero él es mi pulmón… eso creo…
-Sí –dije-, sé lo que le pasa. No se preocupe, le traeré la limonada.
No fue difícil encontrar la cocina. Abrí la nevera y encontré el refresco, colocado entre otros productos pulcramente ordenados. Regresé junto a él, con dos vasos de limonada.
-¡Hola! –me saludó él, sonriente-, es fantástico… has vuelto antes de que te olvidara… ¿no es fantástico? –yo sonreí, captando la broma, mientras depositaba entre sus manos huesudas, llenas de manchas de una piel cansada, el vaso frío. Me senté frente a él, en una silla dura, y di un sorbo largo, agotado aún por el pedaleo. Luego, mientras reposaba el vaso entre mis manos, le sorprendí con la mirada clavada otra vez en mí.
-¿Le ocurre algo? –pregunté.
-Gracias, muchacho –respondió él-. La soledad es muy cruel cuando uno envejece, pero se ve que la vida le guarda sorpresas a uno incluso cuando ya cree haberlo visto todo… y eso es de agradecer. Otro, en tu lugar, ya me habría soltado una ordinariez… y se agradece que aguantes el tipo… así que gracias… de todo corazón…
El resto del día fue pasando, con la lentitud de las horas que no se acaban y que uno teme ver acabar. Luis me hizo preguntas personales, sobre mis padres, sus ocupaciones, mi novia, mis estudios… y, cuando notó mi incomodidad, dijo:
-No te preocupes, chico, puedes enfadarte si quieres, por mi curiosidad, pero cuando se llega a cierta edad, lo primero que pierde uno es la vergüenza… lo segundo es la decencia… y luego pierde todo lo demás… hasta la chaveta…
La tormenta se había alejado, realmente. El horizonte escarlata teñía de rojo el mar. La suave y cálida brisa coronaba de blanco las olas que rompían, cadenciosas, en la orilla, borrando las huellas posadas en la arena… los pasos que se precipitaron en el pasado… los pasados pasos. Imperaban aún las gaviotas, ajenas al próximo despertar de un verano más, tras la primavera que se avecinaba, y que las alejaría a las peñascosas islas. La ciudad me quedaba lejos, y sólo pensar en la pedaleada de vuelta me atormentaba y, sin embargo, los recuerdos de aquel anciano parecían cercanos, dueños de una de las historias más apasionantes y bellas que jamás conocí… y la tristeza de sentirse vacío, ahogando en una lágrima su aliento sibilante de enfermo crónico sin solución.
Ya dominaban los cálidos colores de aquella corta primavera, presto a emborracharme con sus bullicios, pero mi alma iba a dormir en los grises inviernos de Luis, entre sus escasas canas, muriendo en la planicie de alopécico acelerado.
-Disfruta de estos días, muchacho –dijo-, que nunca llegues a buscar a nadie entre los húmedos días que no volverán, que nunca desees retener tanta felicidad perdida, tanto que no viviste… que nunca llegues a quedarte incompleto, mecido por el candor de una mecedora tranquila y solitaria, murmurando un nombre que durante tantos años sólo podías imaginar… que los árboles teñidos de los odiosos amarillos que desnudan los más fuertes y robustos brazos sólo te traerán calamidad… las playas peinadas de vientos sureños, de vientos africanos… por cierto… -dijo, blandiendo el vaso, aún lleno, de líquido-, ¿quieres una limonada?
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