PROLOGO

Se aproximaba el instante fatídico. El sol, radiante, la delataba nerviosa; palpitante, colándose por cada ventana para asombrarla ruborizada. No hacía viento, pero tampoco calor. Respiraba de forma acelerada y sus pechos subían y bajaban, atrapados bajo el apretado corsé, como dos palomas amagando para alzar el vuelo. La dama era joven y elegante; los cabellos pulcramente recogidos, el maquillaje delicado y sensato, el vestido ajustado en el talle y abriéndose bajo las caderas, en tonos pastel, tal y como ordenaban las normativas sociales del momento. Hacía unos instantes que le habían anunciado la llegada del marqués de Motte a la villa, y aquella noticia había causado en ella una sensación lejana a la felicidad y al gozo, sin embargo, la idea resultaba fatigosamente atractiva. No sólo suponía un peligro para su reciente compromiso con m´sieu Tierry y su futuro en París, sino que también atentaba contra su alma, porque aquel individuo la atemorizaba tanto como la excitaba. Pensó que rompería a llorar y creyó que quizá sería lo más apropiado, considerando la sucesión de los recientes acontecimientos. El marqués la cautivó desde que disfrutó de su presencia por primera vez a su regreso de Marsella, cuando le conoció, alojado temporalmente en la casa de su tía Marietta. Luego, se sintió hechizada de tal forma que sólo su proximidad la asustaba y la excitaba al mismo tiempo. Y, cuando todavía se preguntaba sobre aquellas sensaciones, ya había sido poseída por él, de forma salvaje y encantadora la hizo suya hasta el punto de no saber si todo lo que la componía a ella había dejado de pertenecerle por completo.
Se abrieron las puertas y se sorprendió asustada, respirando aún con agitación…el marqués penetró en la sala y el sol pareció asustarse…las ventanas se nublaron. Dió tres pasos decisivos y luego se detuvo mientras volvían a cerrarse las puertas. El marqués sonreía con maliciosa seguridad en sí mismo, le amparaba la experiencia y la sabiduría de sus manos, que movía con maestría y elegancia al arreglarse los puños largos y bordados de su camisa, le amparaba la fuerza de sus rasgos, le amparaba la aplastante atracción de sus ojos, en los cuales se escondían los grandes secretos de la humanidad, allí se escondían los anhelos pecadores de ella, y los del resto de los mortales.
-¿Madame?.- Susurró con un gesto de la cabeza al saludar…y sólo ese saludo acabó por vencerla; tan sólo ese detalle la hizo romper en llanto y arrodillarse sobre la alfombra cubriéndose la cara…
- Miradme.- Ordenó él sin alzar la voz…y ella obedeció al instante, sin dejar de sollozar. Y acató la orden porque el Señor de las Mentiras la reclamaba…ella sabía que no había forma de huir de él…se había conectado a él de forma inexorable, la había hecho suya para la eternidad, ya no se trataba de su mirada, de su sonrisa que la excitaba, no tenía nada que ver el que resultara irresistible físicamente o que su gallardía corrompiera sus más arraigadas creencias, sino que se sentía suya por siempre, pese a no querer serlo…se sabía atrapada…ella sabía que se había convertido en su consorte…en la consorte del Diablo. No en vano le avalaba la eternidad.
Desde el día en que supo que aquel individuo era el Demonio mismo se dió por derrotada. No sabía con certeza cuándo ocurrió, si antes o después de que él le confesara su verdadero nombre, si antes o después de que él le explicara que se le había antojado convertir a una humana en su puta personal, condenándola a saciarle durante toda la eternidad, si antes o después de que le susurrara al oído, mientras ella gemía de pánico y dolor, sintiendo un desgarro en la matriz, que su nombre era Satanás.
-¿Por qué me hacéis esto?.- Sollozó ella. Él sonrió.
- Porque lo merecéis; porque la gente como vos son las que me engrandecen a mí y le empequeñecen a Él.
-¡Condenado!.- Gritó ella al borde del histerismo. La cabeza del marqués penduló hacia delante y luego atrás, en una convulsión de carcajadas descaradas,…casi obscenas.
- Yo ya fui condenado, mujer, mucho antes de que nacierais…mucho antes de que el mundo naciera…mucho antes de la llegada del Cordero. Y fui condenado a vivir entre vosotros, rebajado a liderar el mal del mundo; fui condenado a vivir por siempre exhibiendo cada Pecado Capital y a descubrirlos en mí mismo. Fui expulsado del Paraíso, criatura, por alimentar mi autoestima, por recrearme en la lujuria y refugiarme en la envidia, por cebar mi orgullo y crecer en soberbia…yo fui condenado por querer ser como Él…por admirarle, envidiarle y odiarle a un mismo tiempo…
…y he venido hasta tí para proclamarme vencedor de nuestra última batalla…
…vine hasta tí para robarte el alma.-
En un abrir y cerrar de ojos, ella se puso en pie y corrió hacia las puertas, gritando, como poseída. Él la observó hasta que estuvo a pocos pasos de las puertas; entonces, con un ligero movimiento de sus dedos, la atrajo hasta el mismo lugar en el que estaba anteriormente, como si tirara de ella con una soga. Ella acentuó el grito y él la risa.
- Nadie puede salvarte, niña. Yo fui uno de sus ángeles…ahora soy su basurero…pero eso me hace más peligroso que antaño.- Sus ojos se iluminaron con una fuerza maligna mientras le arrancaba el corsé salvajemente, liberando aquellos pechos aprisionados, aquellas dos palomas.
- Ahora vendrás con nos…- Susurró de forma maliciosa,- …te unirás a mí en un beso eterno que te llagará los labios y te secará la garganta.-
Realmente, se disponía a besarla cuando algo le desconcertó. El sol penetró con fuerza en la sala. Belcebú farfulló algo en una lengua muerta desde hacía miles de siglos, y las puertas se abrieron. El caballero que se acercaba, con paso decisivo, hacia ellos resultaba desconocido para ella pero, era obvio que no lo era para Satán, dado su desconcierto.
Ella se recreó en sus facciones mientras procuraba ocultar su desnudez: Sus cabellos de oro, su gesto serio, adusto y seguro…y sus ojos azul cielo.
Se detuvo frente al marqués y sonrió dulcemente.
- No es tu hora, Satanás.- Murmuró.
-¿Tú?. ¿Qué haces tú aquí?.- Preguntó con rabia el Señor del Mal.- ¿Tanto le puede ofender mi victoria que envía a su mejor Arcángel para desafiarme?.
- Nadie te otorgó la potestad de hacerte carne en este mundo.
-¡¡No necesito su potestad!!.- Aulló el Diablo al tiempo que de su mano izquierda manaba una enorme espada de rojo fuego.
- Márchate.- Ordenó con autoridad su oponente.
-¡Jamás!.- Replicó el marqués. Entonces, de la mano firme de Gabriel nació una espada de fuego amarillento…
- Sea, pues.- Sentenció. Satán se revolvió con un gruñido de ira abandonando la confrontación y dirigiéndose a las puertas de salida aunque, antes de desaparecer, se volviera al Arcángel y pronunciara la maldición:
- Esto no es más que una derrota momentánea Gabriel. La has salvado a ella, , pero con ello condenas a una de sus herederas…porque volveré, aún más fuerte, antes de dos siglos, para hacer mía a la mujer que lleve su sangre…y no podrás vencerme a mí, porque para hacerlo tendrás que vencerla a ella, y ella irá marcada por la semilla que he dejado en esta otra.- Y, con un nuevo gruñido, se esfumó.
La dama se estremeció de espanto aunque sentía que su alma volvía a ser suya. El Arcángel la miró a los ojos, inundándola de paz y esbozó una sonrisa.
-¿Hará lo que ha dicho?.- Preguntó ella.
- Con toda seguridad. Belcebú es un embustero, pero no amenaza gratuitamente.
-¿Y qué haré yo?.- Gabriel le pasó una mano por las mejillas y contestó:
- Tú dispones de una nueva oportunidad, pero tu sangre pagará en el futuro el precio de tu error, si no dispone de la fe y la esperanza de la que tú también careces.-
Seguidamente, el Arcángel Gabriel se marchó por donde vino y, a pesar de su nueva salvación, y a pesar de su segunda oportunidad, ella rompió en llanto de nuevo, aunque esta vez lo sentía de forma distinta: antes se sintió condenada, ahora sentía condenada a toda su estirpe. No obstante, sin reparos y sin respeto, con absoluto descaro, el sol volvía a derramarse por las ventanas de la sala, bañando sus lágrimas de luz…y no hacía viento, ni frío, ni tampoco calor.
Volver...