CUENTO DEL SOL Y LA LUNA
Cuenta la mitología que hubo un tiempo, hace mucho más de lo que se puede contar, en que no existía la noche como la conocemos hoy. Es decir, no existía el reino de la oscuridad. Y ello era debido a que el sol y la luna estaban enamorados. Como se amaban tanto, ni se les ocurría separarse el uno del otro. Cuentan que el cielo ofrecía un espectáculo diario. Según la leyenda, el sol calentaba e iluminaba el mundo con fuerza, brillando todavía más de lo que brilla hoy, pavoneándose ante su novia. Pero para que los seres humanos pudiesen descansar, el sol y la luna se tumbaban en el mar, con lo que, en lugar de noche, los días atardecían sin llegar a anochecer nunca. Mientras los enamorados descansaban en el mar, el cielo se tornaba de carmesí y cuando llegaba la hora de levantarse, la luna se adelantaba al sol para ponerse guapa, orgullosa y coqueta como es ella. Se vestía con su mejor manto cuajadito de estrellas y el sol, terriblemente enamorado, atenuaba sus rayos de calor para abrazar a su novia sin hacerle daño.
En invierno, los novios se alejaban un poco de los hombres para decirse cositas al oído, palabritas de amor que se confiesan en la intimidad. Dicen que en aquellos tiempos, el cielo era un derroche de luces y colores, el sol alfombraba el cielo de arco iris a diario, para que la luna pasease sin mojarse los pies de rocío y ella, preparaba para el sol las almohadas de nubes más esponjosas para dormir la siesta. Las estrellas fugaces paseaban a sus anchas por el cielo coloreado en tonos pastel y el tiempo parecía detenerse y acelerarse a la vez. Distintos planetas, de varios sistemas solares, pasaban a visitar a los novios, quienes despertaban las más profundas envidias por cada suspirito de amor, porque es sabido que la tristeza de los impuros, el llanto de los indeseables y el despertar de la ira de los malditos, está provocado por, sólo, la encantadora sonrisa de los justos. Más, si cabe, cuando los justos se aman.
Pero ocurrió que tanta algarabía, tanta felicidad y belleza, se vio truncada a causa de un comentario, un susurro a voces que corrió como la pólvora por todas partes. Los hombres, admirados por tanta belleza, discutían sobre cuál de los dos astros era más grande, o cuál mas fuerte pero todos, absolutamente todos, coincidían en que la luna era más hermosa que el sol, por esos encantamientos de la luna que todos conocemos, esos que influyen en las lluvias y los embarazos, los que inspiran a los poetas y alegran la velada a cualquier pareja de novios.
Los dos enamorados, que oyeron los comentarios, se echaron a reír al principio pero, la luna, que era tan coqueta y orgullosa, se jactaba del sol por considerarle inferior a ella en lo tocante a belleza, y tanto se reía la luna del sol, que éste se ofendió mucho y, como era muy nervioso, perdió los estribos y, con un potente rayo de luz que estrelló en tierra, salpicó barro a la cara lunar. Y ésta, al verse sucia, humillada y despreciada, objeto de la furia de su amado, rompió a llorar. El sol, percatándose del ultraje al instante, intentó disculparse ante la luna, pero ella, tan vanidosa como era, escapó de él, sin ninguna intención de oír sus palabras de perdón. Y así, la persecución de los enamorados dura hasta hoy, por eso tenemos día y por eso tenemos noche. De día pasa el sol a la carrera, persiguiendo a la luna, que da vueltas a la tierra huyendo del enamorado que una vez la maltrató. Esto demuestra dos cosas, que la vanidad y la felicidad son incompatibles y que al tratar mal a quien queremos, corremos el riesgo de perderle.
Sin embargo, hay noches en que si miras al cielo, no encontrarás a la luna. Cuentan que esas noches, los dos astros, cansados de perseguirse a diario firman una tregua, se dan un besito y se echan a dormir, hasta el día siguiente.
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