LOS CUENTOS MATERNOS


  
Querido amigo Dublín:
Te escribo esta carta conforme he podido saberlo, un amigo común me ha contado que tu madre está pachucha, que le ingresaron tras lo que parece ser un infarto. De verdad que lo siento, amigo, y espero que todo pase en un plis, sin más complicaciones. Imagino lo mal que debes estar pasándolo, Dublín, de verdad, que una madre es una madre, y cuando notamos que se nos puede estropear se nos encienden luces de alarma y pavor. Es curioso cómo un hijo dosifica peligrosamente los besos que cede a una madre, ¿verdad? Mira que tú siempre estás dispuesto a besar a cualquier dama, a cualquier pelandusca que esté dispuesta a prestarte sus labios… y eso asusta, Dublín, porque teniendo tan cerquita de ti a una dama de verdad, a una señora con mayúsculas que se muere por el chasquido de tus labios en su mejilla, jamás le prestas demasiada atención. Sé que estos son momentos de miedo para ti, es lo normal, uno debe creer que ella hace las maletas, como con prisa, dispuesta a no darte tiempo a decir tantas cosas que uno debería haber dicho ya, dispuesta a no faltar a su cita… tan lejos de ti…
Así que date prisa, amigo, no te demores. Dile que la mitad de los besos y más o menos cuarenta te quieros se los vas a dar de golpe. Dile que temes a ese día que sabes que llegará, pero que te da miedo, que te mueres de miedo. Dile que pronuncias su nombre muchas más veces de las que confiesas, que te acuerdas de ella en cada duro golpe que te da la vida del que no crees poder recuperarte nunca. Dile que sabes que ella guarda en algún rinconcito más de dos cositas de ese niño que creció un buen día sin avisar, sin decir hola ni adiós; que se marchó un día de casa, como en un castigo, provocando sus más escondidas lágrimas, sin advertencias, sin respeto, abandonando la mesa en la que comiste tantas veces, abandonando la habitación que con tanto mimo te preparó ella, con tanta comodidad, con tanto cariño, abandonando sus abrazos diarios, sus desayunos, su abnegado amor incomparable, inconmensurable, eterno y sin más condiciones que el deseo egoísta de sentirte cerquita siempre. Dile que no olvidas cada una de las noches de desvelo, ni cuando se trataba de los primeros dientes, ni cuando se trataba de ese temor escondido a la oscuridad, ni cuando te ibas de juerga con los amigotes y volvías a casa de madrugada, encontrándola sentada en el sofá, casi a oscuras… esperándote… Dile que has notado que se te ha hecho viejecita en un par de días, y que eso te da mucho miedo… mucho miedo… Dile que no dejas de espantarte por las vueltas que da la vida, que no deja de ser curioso cómo tú vas p´alante y ella p´atrás. Dile que te has vuelto más respetuoso, que sabes que ella te ha defendido públicamente, incluso cuando ni siquiera pensaba como tú y defenderte resultaba prácticamente imposible. Dile que te has vuelto creyente, sí Dublín, hazlo por ella, que sabes que le hará ilusión, dile que le has pedido al que está arriba que te perdone y que no se la lleve nunca, nunca, nunca… que la deje para siempre contigo, a tu ladito… Dile que quisieras hacer retroceder el tiempo para darle el gusto de que te viera en tu cunita, dormidito, como cuando ella te miraba, orgullosa de su bebé, que le confesaba abiertamente que la quería, por encima de todo, la quería…
Y bésala, no me seas tonto, bésala mucho, Dublín. Bésale las manos, bésale la frente, bésale las mejillas… por lo que más quieras, bésale los labios, porque nunca habrás besado labios más sinceros, que te amen hasta la temeridad, hasta el disloque, hasta el infinito. Besa esa frente que hizo números más allá de las matemáticas por comprarte aquello que tanto deseabas. Besa esas manos que sostuvieron biberones, que te dieron vitaminas, batidos, que prepararon tanto dulce para ti, que confeccionaron tanta pureza por ti. Y dile que recuerdas cada detalle: cuando te jaleaba para que estudiaras, a ti, que has sido tan desastre, prometiendo tanto… valiendo tanto como tú valías… que no olvidas la defensa que hacía ante papá, que llegaba dispuesto a regañarte por la última de tus trastadas, por tus últimas notas del cole. Dile que no has conocido a mujer que trabajara de manera más sufrida, que madrugara en cada uno de tus madrugones, sin tener más recompensa que tu tímido beso somnoliento antes de partir al colegio, al instituto, a la facultad, al trabajo… Y dile que te cuente un cuento, que ninguno de los que puedas oír en tu vida sonará tan tierno y dulce como los que te cuenta mamá. Dile que aún no te has recuperado del susto al saberla en el hospital, que has creído que se te iba… y dile que tienes miedo, mucho miedo, mucho, mucho, mucho miedo.
No te entretengo más, amigo mío, que tienes mucho que hacer, y la mejor de las señoras te espera. Recibe un abrazo de este, que sabes que te quiere.   

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